Las letras, las que acompañan mi melodía y me hacen canción. Las palabras que me dicen, me traducen, me exponen.   (selección de textos en español: Carlos Blas Galindo, Ana Pellicer, Ingrid Suckaer, Demetrio Olivo, Rafael Flores, Nezahualcoyotl Ávalos.)

Los Sueños de la Ciudad Profunda

Desde que en Septiembre de 1993 expuse mi instalación Ciudad Profunda y durante toda su itinerancia, este conjunto de casas alucinadas me llenó de satisfacciones, pero tal vez la más entrañable fue la provocación a la literatura. El espacio onírico y la multiplicidad de referentes arquetípicos contenidos en esta Urbe, indujeron a que los receptores -aquellos en amores con las letras- vertieran su impacto en la escritura. 

No es extraño que se escriba sobre muestras plásticas, por supuesto: están las críticas, los ensayos y las reseñas. pero la Ciudad profunda produjo además cuentos y poesías. Textos publicados y entregados en la mano. Autores reconocidos o talentos que habitan fuera de los reflectores. 

Beatriz Espejo,  Raúl Renán, Gaspar Aguilera, Neftalí Coria, Hermann Bellinghausen, Nino Gallegos, Elmer Mendoza,  Nektli Rojas, Nery Córdova, Guillermo Abarca, Arnoldo Tapia, Miguel Carmona Virgen, Victor Hugo Valdéz.  Demetrio Olivo -quien me ha seguido durante todo mi moreliano quehacer-, Marisela Hernández, Juan José Rodríguez, Carlos-Blas Galindo, son los nombres de los autores, de los que compartieron el sueño de esta ciudad y mis obsesiones.

No obstante, estos amados textos existen solo en papel, la única forma en que las palabras tocan todos nuestros sentidos, y más allá. Aquí solo dos notas que para hablarnos de estos sueños profundos.             elizabeth ross, 1993

 

La invención de un espacio como antídoto contra el vacío

Demetrio Olivo Fernández, 1993 

El catálogo de las formas es inmenso: hasta que cada forma no haya encontrado su ciudad,  nuevas ciudades seguirán naciendo. Donde las formas agotan sus variaciones y se deshacen,  comienza el fin de las ciudades"     

 Italo Calvino, Las ciudades invisibles

Ciudad profunda, o la aprehensión imaginativa que se abre a la lectura plural en torno a un mismo espacio.

Con alrededor de 130 piezas de cerámica, Elizabeth Ross exhibe, en la planta alta del Museo de Arte Contemporáneo Alfredo Zalce, la muestra del título, donde la ciudad a que se alude, más que ser creada es inventada a lo largo de una intrincada red de símbolos, contextos y propuestas que cristalizan en una palpitante interpretación de lo popular.

Construcciones fantásticas, con un pie de sus cimientos en la atmósfera popular de los pueblos de la provincia mexicana, y otro en el imaginario interno de esta autora que ha dedicado una parte de su tiempo a convivir con los habitantes del campo, en esos pueblitos que ahora aparecen cifrados a través de esta lectura de ¿transrealismo? montada en el MAC.

Ciudad profunda. Ciudad soñada e inventada.

Pequeñas construcciones que comparten de nuestro pueblo ese regusto por la materia, esa pericia manual del alfarero que moldea la tierra bajo sus manos con una densa y entrañable carga artesanal.

Ecos rupestres en tal concepción, que desde su origen se empalman a significados apenas entrevistos en cada una de las esculturas. Ora parece haber una máscara. Ora un glifo prehispánico. De pronto, un signo de la santería. De pronto un guiño de ojo a obsesiones de subjetividad extrema.

Toda esa marea de significantes se funde en un ritmo sutil que va serpenteando a través de los paneles y bases que sustentan estos barrios erigidos en loor  al lirismo. Un lirismo que emerge, justamente, del potente elemento subjetivo de la exposición.

Es todo un mundo, todo un universo interior que encarna en este barro cotidiano para darnos esa visión de conjunto de la ciudad y sus barrios. Una ciudad habitada al/por/desde el interior de cada uno de nosotros.

Curiosa, en todo caso, esta inversión de valores donde lo pequeño se torna enorme, y la apariencia se transforma en revelación de sus contenidos.

La de Ross es, sin duda, una relectura urbana que trasciende su mero papel de reelaboración para abrir un espacio mas amplio al contacto íntimo con espacios interiores, pulsaciones que barruntan dentro de nosotros y encuentran su justo eco, a la vez primigenio y refinado, sutil y agresivo, en estas formas de barro tornadas callejuelas, plazas, casonas, monumentos y palacios.

Ciudad profunda. Tan honda como el aliento poético que la sobrevuela a la altura de nuestros ojos. Sentidos exacerbados por la atmósfera museográfica que urgan este espacio, de una mirada lo mismo totalizante que particular.

Ciudad profunda, en fin, o la invención de un espacio como respuesta contra el vacío que aspira y arrasa con nuestros significantes. Un montaje notable en su concepción.

 

 

Cerámica Profunda

Carlos Blas Galindo, 1995

En el Museo de Culturas Populares y como parte de un homenaje al estudioso y activista Guillermo Bonfil Batalla, a partir de este domingo 24 de septiembre es posible apreciar el conjunto cerámico Ciudad profunda de la autoría de la artista, promotora cultural, traductora y editora Elizabeth Ross. Se trata de una parte --integrada por alrededor de 60 piezas-- que corresponde al 40 por ciento del total de Ciudad profunda, y que ahora puede verse en el Distrito Federal mientras el resto continúa exhibiéndose en diversas sedes de! país como exposición itinerante. El conjunto resulta de impacto pues está formado con piezas que, en su diversidad, presentan semejanzas: se trata de casas y edificios que, mas que arquitectónicos, parecen ser orgánicos, y más que temporales, inmemoriales. Resuelto museográficamente dentro de un ambiente de penumbra contrastado con una potente iluminación dirigida, y dispuesto desde el piso a distintos niveles nunca suficientemente altos en u n a conformación que se pretende asemeje una montaña, este conjunto se antoja bastante constreñido. Más propicio para su apreciación, hubiera resultado el haberlo dispuesto no a modo del género artístico visual del montaje (término que ahora no empleo en su sentido de disposición museográfica, como lo está, sino de manera que con el total de las piezas que lo componen, se constituyera una instalación  (o, mejor todavía, hasta un desahogado ambiente).

Arte a la manera occidental, la producción de Elizabeth Ross no es arte popular en su acepción de obra de quien es parte de una comunidad y se dirige a ésta mediante códigos que comparte con el resto de sus integrantes, aunque lo es por referirse a asuntos que son colectivos. Sin embargo,  su presencia en la sede que la acoge deriva tanto de la aceptación que ahí recibió esta autora para que sus  piezas formen parte del mencionado homenaje a Bonfil Batalla, como de la exclusión que ella

misma experimentó en otras instituciones a las que ofreció Ciudad profunda (como el Museo de Arte Moderno, por ejemplo), debido a que su trabajo es discrepante con respecto al arte que es hegemónico u oficial  (que no gubernamental) dentro del medio cultural mexicano, y hasta con respecto al tipo de arte no predominante que en nuestro ámbito ocasionalmente despierta una cierta permisividad (si bien tiene puntos de contacto con propuestas primermundistas).

 En contraste con la riesgosa linealidad de este mainstream interno -criollo--, en su obra Ross se refiere a la pluralidad, a la riqueza que halla en la variedad de las conductas sociales e individuales, a las múltiples vertientes que encuentra en el carácter, la idiosincrasia y la identidad Ilamadas nacionales. Para lograr su cometido, esta autora recurre a un esfuerzo de invención tan profundo que en su ciudad es imposible hallar repetidas, ya no digamos soluciones formales sino, incluso, características ornamentales, cromáticas o hasta compositivas. Y es en este sorprendente conjunto de unicidades congruentes y complementarias, que se pone en evidencia la capacidad que tiene Elizabeth Ross para ser tan original como genuina.

Piedras de luna

Ana Pellicer

 La obra plastica de Elizabeth Ross descubre su vocación arqueológica. Sus esculturas nos trasladan al antiquísimo amanecer paleolítico, cuando la humanidad levanto hacia el cielo el corazón y esos inmensos monolitos para dialogar con la divinidad.

Sus piedras -menhires, dólmenes, estelas, troncos petrificados por su propia voluntad- son tatuadas por misteriosas escrituras cuneiformes, por símbolos tan arcaicos como la memoria. Su espíritu está íntimamente ligado al principio de la creación, a través de un expresionismo lírico que conecta los hallazgos de su interior con el arquetipo esencial.

 

Es esta, además, una obra sensual, erótica, que combina la suavidad del barro y sus formas con la apariencia fria de la piedra y el metal que la cubre. Piedras orgánicas, de carne, de barro, que engañan la vista pero no el espíritu.

Su obra me situa tanto en los llanos irlandeses, en mitad de la selva húmeda o en el Museo de Saint-Germain-en-Laye, cerca de París, en donde se encuentra la mayoría de lo que aún existe de los artefactos paleolíticos.En su obra encontramos la conciencia del doble espiral de la historia. Una casi puede sentir la presencia del bardo Robert Graves cantando una oda a la Diosa.  

Santa Clara del Cobre, Michoacán

En nuestra presencia el camino de la memoria

 Nezahualcoyotl Ávalos -Mayo de 1998

El Camino de la Memoria se presentó mediante un marco mítico de copal y poesía en movimiento que nos condujo hasta la Galería de Maestros Michoacanos de la Casa de la Cultura de Morelia. Ahí se descubrieron estelas enigmáticas, esculturas en barro, reminiscencias de una memoria primitiva que habíamos olvidado, pero que la tierra guarda.

Elizabeth Ross, la autora, introdujo a la exposición:  "En cada célula viva sobre el planeta, existe contenida la memoria total de la creación."  Se trata de 13 obras, muchas de ellas de forma cónica que antes del fuego fueron marcadas con espirales y grabados cuneiformes.

Según la celebre escultora Ana Pellicer, quien se prestó a inaugurar la muestra que se mantendrá por el lapso de un mes, El camino de la memoria es como un museo de arte prehistórico, en el que las formas paleolíticas cobran un sentido propio en la búsqueda de la espiritualidad personal.

A la directora del taller que renueva la artesanía en Santa Clara del Cobre, le pareció encontrarse con figuras eróticas, con antecedentes babilónicos, y con esa clave del encuentro del hombre entre lo utilitario y lo místico.

En medio de una coreografía femenina de pausada marcha, las esculturas de Elizabeth Ross emergieron como registros de un espíritu que busca el encuentro con su propio habitat. Un hogar de recovecos,¿ y reflejos ovoides que se extienden a las alturas.

La creación de Ross recibió un lugar especial en la Casa de la  Cultura de Morelia no solo por su propia expresividad sino por su aporte a las artes plásticas en Michoacán, ya que sus creaciones vienen a enriquecer el espectro artístico y cultural con sus nuevas propuestas.

 

El camino de la memoria o la etinicidad recobrada  

Demetrio Olivo

EI camino de la memoria hunde sus raíces en una herencia que compartimos desde el barro colectivo.  Invita a recorrerlo entre meandros y pasadizos marcados por un sentido monumentalista antiquísimo, a partir de una invención que se inspira en construcciones arcaicas, muchas de ellas propias de las etnias mexicanas, pero también de las de Oceanía, Irlanda  o África.

La potenciación desde la miniatura: menhires tradicionalmente gigantes se solucionan aquí desde una reducción que conserva toda la fuerza de su gigantismo original.

Una primer nota de contundencia se resuelve desde la hechura de las piezas como bloques únicos, que se dirían tallados por los elementos (fuerzas tan  intemporales, tan definitivas, como las propias piezas). Es este sentido elemental, cuyos ritmos bordean lo mítico, de donde se desprende eI vitalismo de esta exposición.

El segundo elemento es de carácter tonal. En dirección diametralmente opuesta a Ciudad Profunda, expuesta hace unos cinco años en el Museo de Arte Contemporáneo Alfredo Zalce, y en donde predominaba el

cromatismo multicolor desde los malvas y los pasteles, aquí Elizabeth Ross enfatiza los valores terrosos y primordiales, desde ocres oscuros uniformes en toda la colección, resultado de la oxidación del cobre. El recurso enfatiza la fuerza terrestre de la que se engendra su imaginería.

Por otra parte, junto a las texturas de cada pieza se abren espacios para la incorporación de incrustaciones, así como glifos y signos cuya caligrafía rupestre, elemental, llena de la fuerza bárbara de lo instintivo, termina de redondear un tema que exalta (con sobriedad, pero gozosamente) una raíz que es al mismo tiempo terrenal, étnica e individual.

Es el mundo desde su acepción al mismo tiempo telúrica y ecológica. Es nuestra etnicidad recobrada  en otra lectura contemporánea hacia sus signos rituales de comunión. Es la detonación del mundo de la autora desde una esfera vivencial directa, que es la que tiende su puente entre el arquetipo que se queda suspendido en el tiempo y nuestra vida mutable, siempre en movimiento, gravitando a su alrededor.

 

Vacío y mirada: espiral

Ingrid Suckaer

Los ojos, la parte más transparente del cuerpo humano, es el punto de encuentro entre la luz y el color exterior con su equivalente interior, decía Aristóteles. Dicha reflexión se relaciona intrínsecamente con la filosofía Zen, la cual considera que la mirada es el medio y el objeto de conocimiento.

Elizabeth Ross es una artista que abreva en fuentes orientales y occidentales. Ambos cánones se traducen en su obra. Sus esculturas, realizadas por lo regular en barro, conllevan con rigor las reglas de la composición escultórica occidental, pero su esencia proviene de una percepción que viaja en espiral, a la manera Zen, en la que nunca hallaremos líneas rectas, sólo una espiral formándose sobre si misma.

 

El discurso formal de Ross es exigente. Es el enlace entre el vacío y la mirada. Esa exploración apasionada ha abonado sus esculturas, construidas con volúmenes y tensiones que las emparentan con al abstracción orgánica.

Una particularidad inherente al lenguaje de Ross induce al espectador a que se compenetre con el aliento vital que fluye de cada pieza y se sumerja en su vacío pleno, percibiendo su hermosa y compleja sencillez, la cual no pocas veces mueve a suponer que sus enigmas visuales, plasmados en formatos medianos y pequeños, son la recreación plástica de un paisaje interno estructurado pacientemente como un reflejo de la naturaleza. Contemplación. Vacío y mirada: espiral. Ensimismamiento. Humanidad y naturaleza: espiral.

Lo ancestral puesto al día

Carlos Blas Galindo

Distintas dualidades conforman las constantes temáticas que Elizabeth Ross resuelve en sus obras en cerámica. Entre éstas; la concepción de la naturaleza como una madre que posibilita la vida, al tiempo que se regenera cada vez que se nutre con los cuerpos de quienes han muerto. La idea de que el comienzo del último viaje constituye más bien el término del primer trayecto. La interdependencia entre lo divino y lo humano. Las marcas de lo animado en lo inanimado. La correlación entre el pensamiento mesoamericano y el occidental. Los nexos de la tierra con el cosmos; del más acá con el más allá. La progresión de la vida y los obstáculos que amenazan con refrenar su desarrollo. O la existencia de uno y de múltiples centros o ejes del mismo mundo.

Los asuntos que acomete son, pues, ancestrales. Sólo que, ante estos motivos recurrentes de la humanidad, procede de una manera que es acorde con el espíritu de nuestro tiempo: en lugar de aceptar como incontrovertibles la multiplicidad de enfoques desde los que se ha intentado explicar tales dualidades ( y antes de refugiarse en la pasividad de la incertidumbre posmodernista), ella se siente impelida

a proponer soluciones inéditas para esos mismos temas. Pero, además de proceder de tal modo, no desdeña la acumulación de explicaciones conocidas a ese respecto; es más, cual demiurga, procede de manera ritual y ella misma da forma a la informe masa primigenia.

Dada la coherencia entre sus intereses y las maneras como los acomete, Elizabeth Ross obtiene resultados que están cargados de una fuerte expresividad. Que son elocuentes. Que atañen a la sensibilidad y que invitan a los públicos a recapacitar. La utilidad presente de la reconsideración de nuestro pasado queda subrayada mediante los procesos productivos que emplea. Esa es la razón de que recurra al horno de sal, de que prescinda de la quema o de que utilice el bruñido. Esto, aun cuando de manera simultánea en su obra está presente el afán por expandir los linderos de la escultura en cerámica. De ahí que opte por elaborar montajes, ensamblajes e instalaciones. En la producción de esta artista, entonces, lo ancestral está puesto al día. Lo ancestral resulta vigente.

Búsqueda y encuentro en la obra de Elizabeth Ross

Gaspar Aguilera Díaz

De un origen que se remonta a los principios de la civilización, la cerámica y la escultura en barro han representado ese deseo del hombre por dejar constancia de su visión del mundo y su particular sentido de la creación con las cosas que nos rodean.

En la obra de Elizabeth Ross, esos ritos que la acercan y obsesionan se ha plasmado en una recuperación de elementos primigenios para reconstruir su personal universo a través de figuras que van de la ciudad profunda a el develamiento de lo más íntimo del ser humano femenino y sus símbolos más sugerentes y representativos.

La tierra, el maíz, la fertilidad, el cosmos, le han servido de magníficos pretextos a Elizabeth, para recordarnos que frente al impresionante e inevitable avance de la tecnología, la sabiduría de la naturaleza con su lenguaje elocuente nps enriquece y reubica con generosidad en un espacio en el que se hacen posibles todas las utopías.

Cada artista es capaz de generar un lenguaje propio, en la medida en que establece una comunicación casi visceral con sus herramientas de trabajo, y Ross ha hecho del barro la prolongación

de su imaginación poética y su lenguaje plástico le ha permitido establecer un código estético para comunicar su peculiar visión del mundo y sus propuestas encaminadas a persuadirnos de ver de otra manera la realidad.

Las figuras que han salido de sus sueños y sus manos nos llevan a paisajes enigmáticos y delirantes en ocasiones, en los que se confunden y entremezclan la realidad y el deseo, el misterio del volumen y el vacío, la sensualidad y la violencia cotidianas, gracias a ese poder de subversión que solo el arte posee.

Admiradora del canto y el baile flamenco, seguidora ferviente de Joaquín sabina, compiladora del quehacer cultural moreliano cuando dirigió Vientos, el suplemento cultural del diario Cambio de Michoacán, escritora y oficiante del blues contemporáneo, Elizabeth ross relata a través de sus esculturas ese otro mundo,  vital e imaginativo, que nos aguarda desde la otra orilla....

Santa Úrsula, Coapa

Ross : arte de la tierra

Demetrio Olivo

En el contexto de un "arte de la tierra" fuertemente influido por el sentimiento de lo sagrado, por las correspondencias que nos unen al mundo natural y por un añadido inconfundible sabor romanticista que le rinde tributo al pasado, a los elementos y a las formas primordiales, se erigen los contenidos de la exposición En manos de Diana/Notlallo, con la que la escultora Elizabeth Ross regresa a las salas del Museo de Arte Contemporáneo Alfredo Zalce (MACAZ) de Morelia luego de una ausencia de 6 años, desde su muy celebrada exposición Ciudad profunda (1993).

En manos de Diana se inauguró este viernes en la planta baja del MACAZ, acompañada por un performance en el que media docena de ninfas, espíritus elementarios, transitaron con sus velos entre los espectadores para acentuar los matices lunares y femeninos que le otorgan a todos los trabajos uno de sus colores definitivos.

Trabajos realizados en la conjugación de los cuatro elementos fundamentales: agua, viento, tierra y fuego, y que ya desde ese punto de partida se preñan de un poderoso contenido mágico y totémico.

A semejanza de mucho de lo que hoy reconocemos como "arte rupestre", la vocación mágica es esencial aquí. En buena parte de los casos, especialmente en aquellos en los que la escultura se fundamenta en la exploración y desarrollo de formas y signos geométricos, lo que Ross nos ofrece en realidad son una suerte de mantras o de intuiciones/invocación que han sido cifrados en los ritmos (a menudo de inspiracion orgánica) de las piezas.

Ritmos que desde las fibras vegetales, el barro y otros materiales, están convocando siempre las resonancias que permiten la comunión entre lo individual y lo infinito, y siempre también desde un espíritu que es crepuscular, lunar, onírico y acuático.

 Una de las virtudes de esta exposición, por otro lado, consiste en la rqueza de modos de la conciencia impuestos sobre los materiales. Esto es: la lógica (no sólo racional, sino sensorial e intuitiva) con la que Ross ha trabajado y moldeado los materiales, consiguiendo formas que -por una parte- logran un equilibrio exquisito entre sus reminiscencias antiquísimas y primordiales y la postura de concepto intensamente contemporánea que las ha engendrado.

Por otra parte, estas soluciones formales tienen el valor agregado de no repetir ni sostenerse en formas exploradas anteriormente por la misma autora. Uno de los más gratos sabores que deja En manos de Diana/Notlallo, es que en ella Elizabeth Ross agudiza el instinto y nos brinda la oportunidad de acceder a un universo mágico, integrador de totalidades, desde discursos que no tienen mucho que ver con Los caminos de la memoria I y ll ni con Ciudad profunda, anteriormente expuestas en Michoacán, aunque en todos estos casos se sigue apelando a una misma simiente que es femenina y que, desde tal visión, acentúa el peso sígnico de la mujer como emblema del mundo natural, que es esencialmente maternidad.

 Una exposición que transita además por dos estaciones diferentes. En la primera de ellas, En manos de Diana, el sentido de las obras detona en valores cósmicos y universales. El apetito de infinito saciado en la noción de totalidad. En la segunda, Notlallo, el sentido tiene como punto de partida al ser humano como entidad individual para proponer, desde allí, su fusión con lo que le rodea.

 En los dos casos, sin embargo, queda presente el sentido mítico y numinoso: la bella proposición de ingresar a "otro mundo" que coexiste con el que habitamos todos los días, debajo de las apariencias, al seno de nuestra mas secreta intimidad, allí donde todos nos solucionamos en la alquimia de los elementos y sus puentes ocultos, que nos reúnen con el mundo.

 

Relatos de la Travesía

Rafael Flores

En nuestro ámbito cultural, Elizabeth Ross es una de las artistas más versátiles en cuanto a las disciplinas y recursos técnicos que maneja. De su trabajo en la escritura pasa fluidamente a manejar imágenes: las pinta, las dibuja o las fotografía. Papeles, lienzos de diversos tamaños o de plano grandes fotos digitales. Su trabajo como ceramista -en esta tierra de ceramistas- es bien reconocido. El barro es una de sus mayores querencias. Pero su mente y su avidez por expresarse se dispara en todas direcciones y cuando expone su trabajo es sorpresa segura. Hoy venimos a sorprendernos otra vez.

Las instalaciones que hoy se inauguran con el tema del agua y el aire forman parte de un amplio proyecto llamado "Relatos de la Travesía" donde reflexiona y produce varias series de obras relativas a los cuatro elementos naturales: tierra, fuego, aire y agua, a partir de un viaje que realizara por Gales, Portugal y otros países europeos, y con el material recopilado en esa experiencia viajera que consiste en grabaciones. fotografías, objetos y sobre todo la vivencia y su relación con gentes y lugares, ha programado Elizabeth montar algunas instalaciones donde desglosa y recrea el espíritu de los ríos, los mares, los bosques y la gente que habita y vive gracias a ellos.

Durante la última década Elizabeth Ross ha priorizado en su trabajo el recrear y mostrar el mundo en el que estamos parados; la naturaleza y las materias de que está formado. Su apego a la tierra es intenso, valora la riqueza que existe en cada rio, en los océanos, percibe los sonidos de su cauce y presiente sus profundidades; entiende el valor de una pequeña planta y el de la mole inmensa de una montaña. Sabe respirar y oler este aire y no deja de sorprenderse al ver que hay animales que vuelan y de que el sol produce un milagro cada vez que se oculta y cuando vuelve a amanecer.  Estamos parados en la madre tierra, la gran dadora de vida. Elizabeth nos lo recuerda. Parece obviedad pero es que luego se nos olvida. Es más, algunos pasan por la vida sin ver la belleza que nos rodea.

Más allá de la conciencia ecológica y del respeto por la naturaleza esta mujer nos habla de amor y nos invita a experimentar el mundo, a reconciliarnos con nuestra propia propia naturaleza.

Morelia