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Las letras, las que
acompañan mi melodía y me hacen canción. Las palabras que me dicen, me
traducen, me exponen. (selección de textos en español: Carlos Blas
Galindo, Ana Pellicer, Ingrid Suckaer, Demetrio Olivo,
Rafael Flores, Nezahualcoyotl Ávalos.) |
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Los Sueños de la
Ciudad Profunda
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Desde que en
Septiembre de 1993 expuse mi instalación Ciudad Profunda y durante toda su
itinerancia, este conjunto de casas alucinadas me llenó de satisfacciones, pero
tal vez la más entrañable fue la provocación a la literatura. El espacio onírico
y la multiplicidad de referentes arquetípicos contenidos en esta Urbe,
indujeron a que los receptores -aquellos en amores con las letras- vertieran su
impacto en la escritura.
No es extraño que
se escriba sobre muestras plásticas, por supuesto: están las críticas, los
ensayos y las reseñas. pero la Ciudad profunda produjo además cuentos y
poesías. Textos publicados y entregados en la mano. Autores reconocidos o
talentos que habitan fuera de los reflectores. |
Beatriz Espejo, Raúl Renán, Gaspar Aguilera, Neftalí Coria, Hermann
Bellinghausen, Nino Gallegos, Elmer Mendoza, Nektli
Rojas, Nery Córdova, Guillermo Abarca, Arnoldo Tapia, Miguel Carmona Virgen,
Victor Hugo Valdéz. Demetrio Olivo -quien me ha seguido durante todo mi
moreliano quehacer-, Marisela Hernández, Juan José Rodríguez, Carlos-Blas
Galindo, son los nombres de los autores, de los que compartieron el sueño de
esta ciudad y mis obsesiones.
No obstante, estos amados
textos existen solo en papel, la única forma en que las palabras tocan todos
nuestros sentidos, y más allá. Aquí solo dos notas que para hablarnos de estos
sueños profundos. elizabeth ross, 1993
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La invención de un espacio
como antídoto contra el vacío
Demetrio Olivo Fernández, 1993
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El catálogo de las formas es inmenso: hasta que cada forma no haya encontrado su
ciudad,
nuevas
ciudades seguirán naciendo. Donde las formas agotan sus variaciones y se
deshacen,
comienza
el fin de las ciudades"
Italo
Calvino, Las ciudades invisibles
Ciudad profunda, o la
aprehensión imaginativa que se abre a la lectura plural en torno a un mismo
espacio.
Con alrededor de 130
piezas de cerámica, Elizabeth Ross exhibe, en la planta alta del Museo de Arte
Contemporáneo Alfredo Zalce, la muestra del título, donde la ciudad a que se
alude, más que ser creada es inventada a lo largo de una intrincada red de
símbolos, contextos y propuestas que cristalizan en una palpitante
interpretación de lo popular.
Construcciones
fantásticas, con un pie de sus cimientos en la atmósfera popular de los pueblos
de la provincia mexicana, y otro en el imaginario interno de esta autora que ha
dedicado una parte de su tiempo a convivir con los habitantes del campo, en esos
pueblitos que ahora aparecen cifrados a través de esta lectura de ¿transrealismo?
montada en el MAC.
Ciudad profunda.
Ciudad soñada e inventada.
Pequeñas
construcciones que comparten de nuestro pueblo ese regusto por la materia, esa
pericia manual del alfarero que moldea la tierra bajo sus manos con una densa y
entrañable carga artesanal.
Ecos rupestres en tal
concepción, que desde su origen se empalman a significados apenas entrevistos en
cada una de las esculturas. Ora parece haber una máscara. Ora un glifo
prehispánico. De pronto, un signo de la santería. De pronto un guiño de ojo a
obsesiones de subjetividad extrema.
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Toda esa marea de
significantes se funde en un ritmo sutil que va serpenteando a través de los
paneles y bases que sustentan estos barrios erigidos en loor
al lirismo. Un lirismo que emerge, justamente, del potente elemento
subjetivo de la exposición.
Es todo un
mundo, todo un universo interior que encarna en este barro cotidiano
para darnos esa visión de conjunto de la ciudad y sus barrios. Una
ciudad habitada al/por/desde el interior de cada uno de nosotros.
Curiosa, en todo caso,
esta inversión de valores donde lo pequeño se torna enorme, y la apariencia se
transforma en revelación de sus contenidos.
La de Ross es, sin
duda, una relectura urbana que trasciende su mero papel de reelaboración para
abrir un espacio mas amplio al contacto íntimo con espacios interiores,
pulsaciones que barruntan dentro de nosotros y encuentran su justo eco, a la vez
primigenio y refinado, sutil y agresivo, en estas formas de barro tornadas
callejuelas, plazas, casonas, monumentos y palacios.
Ciudad profunda. Tan
honda como el aliento poético que la sobrevuela a la altura de nuestros ojos.
Sentidos exacerbados por la atmósfera museográfica que urgan este espacio, de
una mirada lo mismo totalizante que particular.
Ciudad profunda, en
fin, o la invención de un espacio como respuesta contra el vacío que aspira y
arrasa con nuestros significantes. Un montaje notable en su concepción.
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Cerámica Profunda
Carlos Blas Galindo, 1995
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En el
Museo de Culturas Populares y como parte de un homenaje al estudioso
y activista Guillermo Bonfil Batalla, a partir de este domingo 24 de
septiembre es posible apreciar el conjunto cerámico Ciudad profunda
de la autoría de la artista, promotora cultural, traductora y
editora Elizabeth Ross. Se trata de una parte --integrada por
alrededor de 60 piezas-- que corresponde al 40 por ciento del total
de Ciudad profunda, y que ahora puede verse en el Distrito Federal
mientras el resto continúa exhibiéndose en diversas sedes de! país
como exposición itinerante. El conjunto resulta de impacto pues está
formado con piezas que, en su diversidad, presentan semejanzas: se
trata de casas y edificios que, mas que arquitectónicos, parecen ser
orgánicos, y más que temporales, inmemoriales. Resuelto
museográficamente dentro de un ambiente de penumbra contrastado con
una potente iluminación dirigida, y dispuesto desde el piso a
distintos niveles nunca suficientemente altos en u n a conformación
que se pretende asemeje una montaña, este conjunto se antoja
bastante constreñido. Más propicio para su apreciación, hubiera
resultado el haberlo dispuesto no a modo del género artístico visual
del montaje (término que ahora no empleo en su sentido de
disposición museográfica, como lo está, sino de manera que con el
total de las piezas que lo componen, se constituyera una instalación
(o, mejor todavía, hasta un desahogado ambiente).
Arte a la
manera occidental, la producción de Elizabeth Ross no es arte
popular en su acepción de obra de quien es parte de una comunidad y
se dirige a ésta mediante códigos que comparte con el resto de sus
integrantes, aunque lo es por referirse a asuntos que son
colectivos. Sin embargo, su presencia en la sede que la acoge deriva tanto de la
aceptación que ahí recibió esta autora para que sus piezas formen parte del mencionado homenaje a Bonfil Batalla,
como de la exclusión que ella
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misma
experimentó en otras instituciones a las que ofreció
Ciudad profunda (como el Museo de Arte Moderno, por
ejemplo), debido a que su trabajo es discrepante con
respecto al arte que es hegemónico u oficial
(que no gubernamental) dentro del medio cultural mexicano, y hasta
con respecto al tipo de arte no predominante que en nuestro ámbito
ocasionalmente despierta una cierta permisividad (si bien tiene
puntos de contacto con propuestas primermundistas).
En
contraste con la riesgosa linealidad de este mainstream interno
-criollo--, en su obra Ross se refiere a la pluralidad, a la riqueza
que halla en la variedad de las conductas sociales e individuales, a
las múltiples vertientes que encuentra en el carácter, la
idiosincrasia y la identidad Ilamadas nacionales. Para lograr su
cometido, esta autora recurre a un esfuerzo de invención tan
profundo que en su ciudad es imposible hallar repetidas, ya no
digamos soluciones formales sino, incluso, características
ornamentales, cromáticas o hasta compositivas. Y es en este
sorprendente conjunto de unicidades congruentes y complementarias,
que se pone en evidencia la capacidad que tiene Elizabeth Ross para
ser tan original como genuina.
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Piedras
de luna
Ana
Pellicer
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La
obra plastica de Elizabeth Ross descubre su vocación arqueológica. Sus
esculturas nos trasladan al antiquísimo amanecer paleolítico, cuando la
humanidad levanto hacia el cielo el corazón y esos inmensos monolitos para
dialogar con la divinidad.
Sus
piedras -menhires, dólmenes, estelas, troncos petrificados por su propia
voluntad- son tatuadas por misteriosas escrituras cuneiformes, por símbolos tan
arcaicos como la memoria. Su espíritu está íntimamente ligado al principio de
la creación, a través de un expresionismo lírico que conecta los hallazgos de
su interior con el arquetipo esencial.
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Es
esta, además, una obra sensual, erótica, que combina la suavidad del barro y
sus formas con la apariencia fria de la piedra y el metal que la cubre. Piedras
orgánicas, de carne, de barro, que engañan la vista pero no el espíritu.
Su
obra me situa tanto en los llanos irlandeses, en mitad de la selva húmeda o en
el Museo de Saint-Germain-en-Laye, cerca de París, en donde se encuentra la
mayoría de lo que aún existe de los artefactos paleolíticos.En su obra
encontramos la conciencia del doble espiral de la historia. Una casi puede
sentir la presencia del bardo Robert Graves cantando una oda a la Diosa.
Santa
Clara del Cobre, Michoacán
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En
nuestra presencia el camino de la memoria
Nezahualcoyotl
Ávalos -Mayo de
1998
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El
Camino de la Memoria se presentó mediante un marco mítico de copal y poesía
en movimiento que nos condujo hasta la Galería de Maestros Michoacanos de la
Casa de la Cultura de Morelia. Ahí se descubrieron estelas enigmáticas,
esculturas en barro, reminiscencias de una memoria primitiva que habíamos
olvidado, pero que la tierra guarda.
Elizabeth
Ross, la autora, introdujo a la exposición:
"En cada célula viva sobre el planeta, existe contenida la memoria
total de la creación." Se
trata de 13 obras, muchas de ellas de forma cónica que antes del fuego fueron
marcadas con espirales y grabados cuneiformes.
Según
la celebre escultora Ana Pellicer, quien se prestó a inaugurar la muestra que
se mantendrá por el lapso de un mes, El camino de la memoria es como un
museo de arte prehistórico, en el que las formas paleolíticas cobran un
sentido propio en la búsqueda de la espiritualidad personal.
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A
la directora del taller que renueva la artesanía en Santa Clara del Cobre, le
pareció encontrarse con figuras eróticas, con antecedentes babilónicos, y con
esa clave del encuentro del hombre entre lo utilitario y lo místico.
En medio de una
coreografía femenina de pausada marcha, las esculturas de Elizabeth Ross
emergieron como registros de un espíritu que busca el encuentro con su propio habitat. Un hogar de recovecos,¿ y reflejos ovoides que se
extienden a las alturas.
La
creación de Ross recibió un lugar especial en la Casa de la
Cultura de Morelia no solo por su propia expresividad sino por su aporte
a las artes plásticas en Michoacán, ya que sus creaciones vienen a enriquecer
el espectro artístico y cultural con sus nuevas propuestas.
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El
camino de la memoria o la etinicidad recobrada
Demetrio Olivo
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EI
camino de la memoria hunde sus raíces en una herencia que compartimos desde el
barro colectivo. Invita a
recorrerlo entre meandros y pasadizos marcados por un sentido monumentalista
antiquísimo, a partir de una invención que se inspira en construcciones
arcaicas, muchas de ellas propias de las etnias mexicanas, pero también de las
de Oceanía, Irlanda o África.
La
potenciación desde la miniatura: menhires tradicionalmente gigantes se
solucionan aquí desde una reducción que conserva toda la fuerza de su
gigantismo original.
Una
primer nota de contundencia se resuelve desde la hechura de las piezas como
bloques únicos, que se dirían tallados por los elementos (fuerzas tan intemporales,
tan definitivas, como las propias piezas). Es este sentido elemental, cuyos
ritmos bordean lo mítico, de donde se desprende eI vitalismo de esta exposición.
El
segundo elemento es de carácter tonal. En dirección diametralmente opuesta a
Ciudad Profunda, expuesta hace unos cinco años en el Museo de Arte Contemporáneo
Alfredo Zalce, y en donde predominaba el
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cromatismo multicolor
desde los malvas y los pasteles, aquí Elizabeth Ross enfatiza los valores
terrosos y primordiales, desde ocres oscuros uniformes en toda la colección,
resultado de la oxidación del cobre. El recurso enfatiza la fuerza terrestre de
la que se engendra su imaginería.
Por
otra parte, junto a las texturas de cada pieza se
abren espacios para la incorporación de
incrustaciones, así como glifos y signos cuya caligrafía
rupestre, elemental, llena de la fuerza bárbara de lo instintivo, termina de
redondear un tema que exalta (con sobriedad, pero gozosamente) una raíz que es
al mismo tiempo terrenal, étnica e individual.
Es
el mundo desde su acepción al mismo tiempo telúrica y ecológica. Es nuestra
etnicidad recobrada en otra lectura
contemporánea hacia sus signos rituales de comunión. Es la detonación del
mundo de la autora desde una esfera vivencial directa, que es la que tiende su
puente entre el arquetipo que se queda suspendido en el tiempo y nuestra vida
mutable, siempre en movimiento, gravitando a su alrededor.
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Vacío y
mirada: espiral
Ingrid
Suckaer
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Los
ojos, la
parte más transparente del cuerpo humano, es el punto de encuentro entre la luz
y el color exterior con su equivalente interior, decía Aristóteles. Dicha
reflexión se relaciona intrínsecamente con la filosofía Zen, la cual
considera que la mirada es el medio y el objeto de conocimiento.
Elizabeth Ross es una
artista que abreva en fuentes orientales y occidentales. Ambos cánones se
traducen en su obra. Sus esculturas, realizadas por lo regular en barro,
conllevan con rigor las reglas de la composición escultórica occidental, pero
su esencia proviene de una percepción que viaja en espiral, a la manera Zen, en
la que nunca hallaremos líneas rectas, sólo una espiral formándose sobre si
misma.
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El discurso formal de
Ross es exigente. Es el enlace entre el vacío y la mirada. Esa exploración
apasionada ha abonado sus esculturas, construidas con volúmenes y tensiones
que las emparentan con al abstracción orgánica.
Una particularidad
inherente al lenguaje de Ross induce al espectador a que se compenetre con el
aliento vital que fluye de cada pieza y se sumerja en su vacío pleno,
percibiendo su hermosa y compleja sencillez, la cual no pocas veces mueve a
suponer que sus enigmas visuales, plasmados en formatos medianos y pequeños,
son la recreación plástica de un paisaje interno estructurado pacientemente
como un reflejo de la naturaleza. Contemplación. Vacío y mirada: espiral.
Ensimismamiento. Humanidad y naturaleza: espiral.
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Lo
ancestral puesto al día
Carlos Blas
Galindo
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Distintas
dualidades conforman las constantes temáticas que Elizabeth Ross resuelve en
sus obras en cerámica. Entre éstas; la concepción de la naturaleza como una
madre que posibilita la vida, al tiempo que se regenera cada vez que se nutre
con los cuerpos de quienes han muerto. La idea de que el comienzo del último
viaje constituye más bien el término del primer trayecto. La interdependencia
entre lo divino y lo humano. Las marcas de lo animado en lo inanimado. La
correlación entre el pensamiento mesoamericano y el occidental. Los nexos de la
tierra con el cosmos; del más acá con el más allá. La progresión de la vida
y los obstáculos que amenazan con refrenar su desarrollo. O la existencia de uno
y de múltiples centros o ejes
del mismo mundo.
Los asuntos
que acomete son, pues, ancestrales. Sólo que, ante estos motivos recurrentes de
la humanidad, procede de una manera que es acorde con el espíritu de nuestro
tiempo: en lugar de aceptar como incontrovertibles la multiplicidad de enfoques
desde los que se ha intentado explicar tales dualidades ( y antes de refugiarse
en la pasividad de la incertidumbre posmodernista), ella se siente impelida
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a proponer soluciones
inéditas para esos mismos temas. Pero, además de
proceder de tal modo, no desdeña la acumulación de
explicaciones conocidas a ese respecto; es más, cual demiurga, procede de manera ritual y ella misma da forma
a la informe masa primigenia.
Dada la
coherencia entre sus intereses y las maneras como los acomete, Elizabeth Ross
obtiene resultados que están cargados de una fuerte expresividad. Que son
elocuentes. Que atañen a la sensibilidad y que invitan a los públicos a
recapacitar. La utilidad presente de la reconsideración de nuestro pasado queda
subrayada mediante los procesos productivos que emplea. Esa es la razón de que
recurra al horno de sal, de que prescinda de la quema o de que utilice el
bruñido. Esto, aun cuando de manera simultánea en su obra está presente el
afán por expandir los linderos de la escultura en cerámica. De ahí que opte
por elaborar montajes, ensamblajes e instalaciones. En la producción de esta
artista, entonces, lo ancestral está puesto al día. Lo ancestral resulta
vigente. |

Búsqueda
y encuentro en la obra de Elizabeth Ross
Gaspar
Aguilera Díaz
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De
un origen que se remonta a los principios de la civilización, la cerámica y la
escultura en barro han representado ese deseo del hombre por dejar constancia de
su visión del mundo y su particular sentido de la creación con las cosas que
nos rodean.
En
la obra de Elizabeth Ross, esos ritos que la acercan y obsesionan se ha plasmado
en una recuperación de elementos primigenios para reconstruir su personal
universo a través de figuras que van de la ciudad profunda a el develamiento de
lo más íntimo del ser humano femenino y sus símbolos más sugerentes y
representativos.
La
tierra, el maíz, la fertilidad, el cosmos, le han servido de magníficos
pretextos a Elizabeth, para recordarnos que frente al impresionante e inevitable
avance de la tecnología, la sabiduría de la naturaleza con su lenguaje
elocuente nps enriquece y reubica con generosidad en un espacio en el que se
hacen posibles todas las utopías.
Cada
artista es capaz de generar un lenguaje propio, en la medida en que establece
una comunicación casi visceral con sus herramientas de trabajo, y Ross ha hecho
del barro la prolongación
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de su imaginación
poética y su lenguaje plástico le ha permitido establecer un código estético
para comunicar su peculiar visión del mundo y sus propuestas encaminadas a
persuadirnos de ver de otra manera la realidad.
Las
figuras que han salido de sus sueños y sus manos nos llevan a paisajes
enigmáticos y delirantes en ocasiones, en los que se confunden y entremezclan
la realidad y el deseo, el misterio del volumen y el vacío, la sensualidad y la
violencia cotidianas, gracias a ese poder de subversión que solo el arte posee.
Admiradora
del canto y el baile flamenco, seguidora ferviente de Joaquín sabina,
compiladora del quehacer cultural moreliano cuando dirigió Vientos, el
suplemento cultural del diario Cambio de Michoacán, escritora y oficiante del
blues contemporáneo, Elizabeth ross relata a través de sus esculturas ese otro
mundo, vital e imaginativo, que nos aguarda desde la otra orilla....
Santa
Úrsula, Coapa
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Ross
:
arte
de la tierra
Demetrio
Olivo
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En el
contexto de un "arte de la tierra" fuertemente influido por el
sentimiento de lo sagrado, por las correspondencias que nos unen al
mundo natural y por un añadido inconfundible sabor romanticista que
le rinde tributo al pasado, a los elementos y a las formas
primordiales, se erigen los contenidos de la exposición En manos de
Diana/Notlallo, con la que la escultora Elizabeth Ross regresa a las
salas del Museo de Arte Contemporáneo Alfredo Zalce (MACAZ) de
Morelia luego de una ausencia de 6 años, desde su muy celebrada
exposición Ciudad profunda (1993).
En
manos de Diana se inauguró este viernes en la planta baja del MACAZ,
acompañada por un performance en el que media docena de ninfas,
espíritus elementarios, transitaron con sus velos entre los
espectadores para acentuar los matices lunares y femeninos que le
otorgan a todos los trabajos uno de sus colores definitivos.
Trabajos
realizados en la conjugación de los cuatro elementos fundamentales:
agua, viento, tierra y fuego, y que ya desde ese punto de partida se
preñan de un poderoso contenido mágico y totémico.
A
semejanza de mucho de lo que hoy reconocemos como "arte rupestre",
la vocación mágica es esencial aquí. En buena parte de los casos,
especialmente en aquellos en los que la escultura se fundamenta en
la exploración y desarrollo de formas y signos geométricos, lo que
Ross nos ofrece en realidad son una suerte de mantras o de
intuiciones/invocación que han sido cifrados en los ritmos (a menudo
de inspiracion orgánica) de las piezas.
Ritmos que
desde las fibras vegetales, el barro y otros materiales, están
convocando siempre las resonancias que permiten la comunión entre lo
individual y lo infinito, y siempre también desde un espíritu que es
crepuscular, lunar, onírico y acuático.
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Una de
las virtudes de esta exposición, por otro lado, consiste en la
rqueza de modos de la conciencia impuestos sobre los materiales.
Esto es: la lógica (no sólo racional, sino sensorial e intuitiva)
con la que Ross ha trabajado y moldeado los materiales, consiguiendo
formas que -por una parte- logran un equilibrio exquisito entre sus
reminiscencias antiquísimas y primordiales y la postura de concepto
intensamente contemporánea que las ha engendrado.
Por otra
parte, estas soluciones formales tienen el valor agregado de no
repetir ni sostenerse en formas exploradas anteriormente por la
misma autora. Uno de los más gratos sabores que deja En manos de
Diana/Notlallo, es que en ella Elizabeth Ross agudiza el instinto y
nos brinda la oportunidad de acceder a un universo mágico,
integrador de totalidades, desde discursos que no tienen mucho que
ver con Los caminos de la memoria I y ll ni con Ciudad profunda,
anteriormente expuestas en Michoacán, aunque en todos estos casos se
sigue apelando a una misma simiente que es femenina y que, desde tal
visión, acentúa el peso sígnico de la mujer como emblema del mundo
natural, que es esencialmente maternidad.
Una
exposición que transita además por dos estaciones diferentes. En la
primera de ellas, En manos de Diana, el sentido de las obras detona
en valores cósmicos y universales. El apetito de infinito saciado en
la noción de totalidad. En la segunda, Notlallo, el sentido tiene
como punto de partida al ser humano como entidad individual para
proponer, desde allí, su fusión con lo que le rodea.
En los
dos casos, sin embargo, queda presente el sentido mítico y numinoso:
la bella proposición de ingresar a "otro mundo" que coexiste con el
que habitamos todos los días, debajo de las apariencias, al seno de
nuestra mas secreta intimidad, allí donde todos nos solucionamos en
la alquimia de los elementos y sus puentes ocultos, que nos reúnen
con el mundo.
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Relatos de la Travesía
Rafael Flores
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En nuestro ámbito cultural, Elizabeth Ross
es una de las artistas más versátiles en
cuanto a las disciplinas y recursos técnicos
que maneja. De su trabajo en la escritura
pasa fluidamente a manejar imágenes: las
pinta, las dibuja o las fotografía. Papeles,
lienzos de diversos tamaños o de plano
grandes fotos digitales. Su trabajo como
ceramista -en esta tierra de ceramistas- es
bien reconocido. El barro es una de sus
mayores querencias. Pero su mente y su
avidez por expresarse se dispara en todas
direcciones y cuando expone su trabajo es
sorpresa segura. Hoy venimos a sorprendernos
otra vez. Las instalaciones
que hoy se inauguran con el tema del agua y el aire forman parte de un amplio
proyecto llamado "Relatos de la Travesía" donde reflexiona y produce varias
series de obras relativas a los cuatro elementos naturales: tierra, fuego, aire
y agua, a partir de un viaje que realizara por Gales, Portugal y otros países
europeos, y con el material recopilado en esa experiencia viajera que consiste
en grabaciones. fotografías, objetos y sobre todo la vivencia y su relación con
gentes y lugares, ha programado Elizabeth montar algunas instalaciones donde
desglosa y recrea el espíritu de los ríos, los mares, los bosques y la gente que
habita y vive gracias a ellos.
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Durante la última
década Elizabeth Ross ha priorizado en su trabajo el recrear y mostrar el mundo
en el que estamos parados; la naturaleza y las materias de que está formado. Su
apego a la tierra es intenso, valora la riqueza que existe en cada rio, en los
océanos, percibe los sonidos de su cauce y presiente sus profundidades; entiende
el valor de una pequeña planta y el de la mole inmensa de una montaña. Sabe
respirar y oler este aire y no deja de sorprenderse al ver que hay animales que
vuelan y de que el sol produce un milagro cada vez que se oculta y cuando vuelve
a amanecer. Estamos parados en la madre tierra, la gran dadora de vida.
Elizabeth nos lo recuerda. Parece obviedad pero es que luego se nos olvida. Es
más, algunos pasan por la vida sin ver la belleza que nos rodea. Más allá de la
conciencia ecológica y del respeto por la naturaleza esta mujer nos habla de
amor y nos invita a experimentar el mundo, a reconciliarnos con nuestra propia
propia naturaleza.
Morelia
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